El vaticano y la cuestión china

En el décimo aniversario de la fundación del Instituto Confucio de la Universidad Católica de Milán. se ha organizado el congreso "1919-2019. Esperanzas de paz entre Oriente y Occidente". Entre los presentes, junto al Secretario de Estado vaticano, el cardenal Pietro Parolin, estaba también el obispo de Pekín, Li Shan. 
¿Por qué una comparación entre 1919 y 2019? Al igual que en aquel momento, observa el historiador Agostino Giovagnoli, se plantea la cuestión de «un nuevo orden internacional». Con respecto a Pekín, si cien años atrás se en frentaron sobre todo Estados Unidos y los países europeos, en una disputa totalmente occidental, hoy sería «imposible» excluir a China. Mutan las relaciones de fuerza entre las potencias, el baricentro mundial se desplaza a Oriente. La organización eclesiástica, que tiene en el Occidente declinante el corazón de su enraizamiento, es llamada a afrontar las implicacio­nes de este cambio de época. 

El "suicidio europeo" en la Gran Guerra 

1919, observa Parolin, constituye «un imporrante giro en la hisroricm. El Papa Benedicto XV, el genovés Giacomo della Chiesa, inició entonces «un nuevo enfoque de la Santa Sede y la Iglesia Católica en el contexto internacional». 
El Vaticano vio a la Primera Guerra Mundial como una profunda cesura en la historia de Europa y de su papel en el mundo. La famosa "Nota" en la que en agosto de 1917 el papa Della Chiesa define a la Gran Guerra como una «masacre inútil» ponía indirectamente de manifiesto, según Parolin, también la «creciente incapacidad de los Estados europeos de garantizar el equilibrio del sisrema internacional».

El juicio de inutilidad de la carnicería imperialista estaba anclado en la dinámica de las relaciones de potencia y, precisamente, en el declive de las viejas potencias cristianas. Poco después seguirá el punto de inflexión representado por la carta apostólica "Maximum illud", de 1919, con la que el papa Della Chiesa estableció que el cristianismo ya no debía aparecer como «la religión de una nación determinada». La Iglesia debería haber hecho suyas las «buenas razones de los patriotismos no europeos». 

Fin de la "época constantiniana" 

Según Parolin en la introducción al libro La Iglesia en China (2019) editado por el director de Civilta Cattolica Antonio Spadaro- la "Maximum illud'' era expresión de una Iglesia que quería ser «verdaderamete universal». Era «un mensaje dirigido sobre todo a China», considerada una especie de «lahoratorio» misionero. Es conocido, recuerda, que no faltaron en la época resistencias «dentro y fuera» de la Iglesia. 
Parolin recorre cien años de politica exterior vaticana hasta el acuerdo entre la Santa Sede y Pekín del pasado septiembre. La «discontinuidad calculada» en carnada por Jorge Mario Bergo glio así habíamos encuadrado la alternancia con Joseph Ratzinger en el 2013 es situada por el responsable de la Santa Sede en el surco de un proceso que ha atravesado todo el Novecientos. 
Las resistencias de hoy, da a entender, se ponen fuera del curso de la historia. Ciertas críticas prejuiciosas, dice Parolin al Global Times, «parecen aspirar a solo conservar los viejos equilibrios geopolíticos». Occidente debería por el contrario esforzarse en «comprender más esta "geopolítica". En su sabiduría pastoral. la Iglesia percibe los movimientos de la historia y abre caminos que después muchos otros pueden seguir» (la Repuhhlica).

En el Vaticano, observamos, se razona sobre el mantenimiento del orden mundial. Su ruptura está entre uno de los escenarios futuros considerados. La visión de Bergoglio, informa el padre Spadaro, se nutre de «un profúndo sentido de la posible catástrofe» (II nuovo mondo di Frantesco, Marsilio, 2018). En la concepción de Bergoglio, la Iglesia debe extraer las consecuencias del <fin de la época constantiniana», es decir, el fin de la relación orgánica con el Occidente cristiano. La Iglesia debe estar presente y enraizada en todas las potencias sin identificarse de forma exclusiva con ninguna de ellas. Esto es aún más urgente en el momento de un orden que vacila, dado que las contradicciones de la contienda no pueden más que reflejarse también al interior de la organización eclesial. En el siglo pasado, argu111enta Parolin, se ha ido reforzando «el sentido de la correlación osmótica entre la naturaleza supranacional de la Iglesia Católica y la unidad de la familia humana». 

Un orden que vacila 

Es interesante señalar, viendo el caso italiano, que al agitar el rosario en la plaza o en el llamamiento identitario a las raíces cristianas de Europa, Matteo Salvini acabe insertándose en el choque dentro de la Iglesia, entrando en fricción con la línea Bergoglio. Nunca se debe «hacer de la cruz un estandarte de luchas mundanas», recordó Bergoglio a los obispos de los Estados Unidos. Una advertencia que considera el «papel glohal del catolicismo en el contexto actual» y que, precisamente, mira a Asia y a los nuevos polos de poder. 
No está claro hasta qué punto el secretario de la Lega está dispuesto meterse en este terreno, y son "in­finitas" las formas de realismo del Vaticano. La polémica afecta, sin embargo, a un problema estratégico. Mientras tanto, con motivo de la prueba electoral, Salvini pudo constatar cómo la campaña de Avvenire y de los dirigentes de la conferencia episcopal contra el riesgo "soberanista" no perjudicaron el baño de consensos en las urnas. 

La doble mutación histórica, en las relaciones de potencia y en los pesos internos de la Iglesia, impone al Vaticano una actualización de su propia implantación estratégica y de las formas de su centralización. En cuestión, en el Viejo Continente, no está el abandono de la línea estratégica eurovaticana, sino su transformación. 
Europa, dijo Bergoglio en 2014 en Estrasburgo, el corazon de lasinstituciones europeas, enfrenta el  enf enta el desafío de «glohalizar» su «multipolaridad» en un mundo cada vez menos «eurocéntrico». Una Europa potencia entre las potencias, podríamos deducir, frente al signo ríamos deducir, frente al signo de apertura del ciclo mundial. Una tarea a la que también estaría llamada la «Patria grande», el continente sudamericano.Pero el proceso de unificación del Cono Sur, apoyado durante décadas por Bergoglio y la Conferencia de Obispos de América Latina, se ha mantenido solo en un estado embrionario.

Resistencia euroatlántica

En cuanto a los nuevos equilibrios entre la primacía de Roma y las iglesias locales, la «cueshón crucial», como la llamó un "gran elector" de Bergoglio, el cardenal alemán Walter Kasper, solo puede ser puesta de forma interrogativa: «¿Cuánta unidad es necesaria y cuánta diversidad será posible y tolerable?» (II cristianesimo al tempo di papa Francesco, a cargo de Andrea Riccardi, Laterza, 2018). Los sectores críticos de las directrices de la «Iglesia multipolar» de Bergoglio, habíamos escrito, hacen eco a los movimientos de falla en el sistema de las potencias. Son, en otras palabras, «un reflejo del ciclo de declive atlántico» en la Iglesia. El riesgo de fuerzas centrífugas divisorias es, sin embargo, real, como el propio Kasper reconoce implícitamente, y como está inscrito en la historia de la Iglesia. ¿Cuáles serían las implicaciones de una Iglesia "aculturada" y enraizada" en el gigante chino? ¿Cuál es la intensidad de la presión sobre el centro romano? 

El cardenal Angelo Scola, el "oponente" europeo de Bergoglio en el último cónclave, es uno de los intérpretes de una línea caracterizada por una mayor cautela. En América Latina, África y Asia, advierte, conviven «fenómenos contrastantes». En términos más generales, observa, es difícil prever «cuál será el destino del cristianismo en Europa y en el mundo», y por otra parte «en la historia de la Iglesia han habido temporadas de florecimiento increíble seguidas de largos periodos de marginación y ausencia» (Ho scommesso sulla liberta, Sol ferino, 2018). 
El siglo de Asia es, al mismo tiempo, el objeto de una confrontación estratégica en el Vaticano y el terreno de una lucha que atraviesa a cada uno de sus sectores. Un orden que vacila no puede más que sacudir a la organización eclesial. 


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