¿Una tienda europea para las facciones libias?

El diario turco Daily Sabah, cercano al gobierno, ha subrayado la decisión  de Angela Merkel en la conclusión de la cumbre europea de Malta a principios de febrero:
«establecer alrededor de Libia», por lo que al problema de la inmigración se refiere, «un acuerdo similar al turco» firmado en marzo de 2016. De hecho, proporciona el aval europeo al acuerdo estipulado el día anterior entre Roma y Trípoli, que retoma con el gobierno de Fayez al-Serraj los acuerdos de 2007 y 2009 con el  régimen de Gadafi.



Los términos del acuerdo prevén 200 millones de euros de financiación a Trípoli para la creación de «campos de acogida»
-burlón eufemismo- para los inmigrantes subsaharianos, bajo la égida del ministerio de Interior libio, y la formación de la guardia costera libia. Menos de una décima parte de la financiación acordada en Ankara. Pero es presumible que una eventual asignación europea pueda ser más importante y ampliada a otros países de la orilla Sur. 


"Plan Marshall" para África

Tanto  Roma  como  varias  cancillerías europeas, y la propia titular de la política exterior de la Unión, Federica Mogherini. apoyan un  acuerdo entre los   gobiernos y las facciones rivales libias: específicamente, la coalición de fuerzas asentada como gobierno de unidad  nacional en Trípoli, que incluye una parte de  las  milicias de Misurata, y la milicia reunida alrededor de Tobruk, cuyo brazo armado, pero con ambiciones propias, está  personificado por el mariscal Jalifa  Haftar. Berlín, al igual  que Roma, está firmando acuerdos bilaterales, pero  de tipo europeo, con varios países de la región, desde Túnez a Nigeria, para la creación de centros de acogida análogos.
El Global Times de Pekín, en un reciente comentario, ha hablado de las propuestas alemanas para «un Plan Marshall  para África», adelantadas por el ministro para el Desarrollo, Gerd Müller, y discutidas en la Conferencia G20-Africa en Johannesburgo. Berlín, que el pasado mes de diciembre asumió la presidencia de turno del  G20, «espera que el plan pueda representar una solución al problema de la inmigración» e «influir en la política de la UE en relación con Africa». Según el Global  Times se pueden reconocer «tres pilares» en el embrión del «Plan  Marshall»: la promoción del desarrollo económico, basado en el comercio y el empleo, con medidas para la formación de la fuerza de trabajo y facilidades para la exportación en dirección a Europa; el «restablecimiento de la estabilidad y del orden en África»; el apoyo a «medidas de lucha a la corrupción, defendiendo los derechos humanos y a favor del Estado de Derecho». El plan, según el diario de Pekín, tiene parecidos con la iniciativa "Un cinturón, una carretera". Si desde hace tiempo varias potencias occidentales critican la política china de penetración económica y política  en África, Berlín parece «haber aprendido de China».

El agujero libio para potencias

Si la iniciativa africana, según el Global Times, parece todavía «embrionaria» Berlín ha elevado sin duda su propio perfil hacia la orilla Sur del Mediterráneo combinando y fortaleciendo el intento de Roma de encontrar una solución al dilema libio. Aquí el problema central subraya el Financial Times,  está  repre  entado «por  el colapso de la autoridad estatal» y por la «fragmentación en un racimo de conflictos internos». El resultado es un «vacío que aspira a las potencias extranjeras», desde Egipto hasta los Emiratos Árabes. y Rusia. La persistencia de una Situación caótica amenaza con colocar a la UE en la condición de «simple espectadora», destinada a «importar inestabilidad» de una región a la cual reivindica querer «exportar estabilidad»
El diario de la City parece temer el riesgo de una convergencia ruso-americana, a expensas del gobierno Serraj sosteniendo a Hafatar en nombre de la oposición al ex­tremismo y radicalismo de tipo islamista. Londres, análogamente a Washington y a la UE, sostiene el gobierno Serraj  y alinea una presencia militar discreta entre las milicias de Misurata.
En la sede  de la ONU, los Estados Unidos, tras avalarlo, ha puesto el veto al nombramiento del palestino Salam Fayyad en lugar del alemán Martin Kobler como enviado especial en Libia. Como ex primer ministro de la Autoridad Nacional Palestina entre 2007 y 2013, Fayyad  podía presentar significativas credenciales americanas, con una carrera en las oficinas de estudios de la FED, en el Banco Mundial y el FMI; pero también buenas relaciones con las monarquías del Golfo, con  Jordania y Egipto. En 2007, fue nombrado jefe del gobierno de Ramallah para contrarrestar el peso de Hamas, brazo paramilitar de la Hermandad Musulmana en Gaza y Cisjordania.
Según algunas versiones, el veto de la administración Trump remarcaría la discontinuidad, con respecto a las dosificaciones de la  administración Obama, en  relación con Tel Aviv. Y posiblemente  habría obstaculizado o aplazado, según fuentes libias, un posible cambio de la dirección del gobierno de Trípoli de Serraj a Aref Ali Nayed, actual embajador libio en los Emiratos Árabes, miembro de una rica familia de Bengasi, en exilio desde 1978 y, según fuentes francesas, liaison entre París y los EAU.
En  todo caso, el ministro de Asuntos Exteriores británico, Boris Johnson, se ha expresado a favor de «soluciones creativas para reunificar al Este y Oeste libios». Una  posición que recuerda las avanzadas tanto por Mogherini como por el gobierno italiano, y por el propio  Kobler: en sustancia, un compromiso entre Trípoli y Tobruk que pase por un acuerdo Serraj-Haftar. Sin embargo, sería  hostil una parte de las fuerzas coaguladas en Amanecer libio, la coalición  político-militar de Misurata.

Dialéctica en París

Hay señales de convergencia a favor del compromiso libio también por parte francesa. Según fuentes tripolitanas, Brigitte Curmi, embajadora francesa en Libia, en el curso de «un animado intercambio» con Haftar, parece haber aconsejado aceptar el diálogo con todas las partes y abstenerse de utilizar la fuerza contra el gobierno  de  unidad  nacional, para  no entrar en conflicto «tanto  con Europa  como  con Francia». París parece  compartir la valoración  de  Egipto  según  la cual  Haftar no tendría «la fuerza para controlar a Trípoli» o al Oeste del país.
Sobre  el papel de Haftar parece haber una dialéctica entre Elíseo, Defensa y el Quai  d'Orsay. Los dos primeros manifiestan escepticismo acerca de la capacidad de Serraj de garantizar la seguridad en Libia, contrariamente a Háftar. Por el contrario, para el Ministerio de Exteriores, la posición «anti-salafista» del mariscal  representaría  un obstáculo a un consenso nacional libio.  Puede  pesar sobre  la actitud  del  Elíseo y de los militares franceses la estrecha relación  trabada con los Emiratos Árabes, definidos por Le Monde como la «Esparta del Golfo» por el activismo de sus fuerzas armadas, en especial aliado de los saudíes en Yemen, y netamente hostiles al islamismo político. Sin embargo, tienen también un papel en la dialéctica de las posiciones francesas las operaciones antiterroristas llevadas a cabo por París en Cirenaica, en el Magreb y en el Sahel, que aprovechan también el apoyo de las redes de milicias libias, incluidas las fuerzas de Haftar.

Mediación  regional

Francia puede decidir que quiere mantener una relación privilegiada con Haftar, que puede utilizar en varias mesas, evitando que el mariscal, en su juego a varias bandas, acabe por acercarse demasiado a Moscú o, el día de mañana, a Washington. O bien hacer que se desbaraten todas las partidas.
La presión europea por un compromiso libio parece haber encontrado el aval para una iniciativa regional, promovida por El Cairo y sostenida por Túnez, Argelia y, significativamente, Turquía. Ankara no solo ha recibido a Serraj sino que ha vuelto a abrir, después de Italia, su embajada en Trípoli. El primer  ministro turco, Binali Yildirim, parece haber prometido la asistencia turca para la formación del ejército unitario libio y para un retomo de las empresas de construcción turcas al país.
Según las versiones italianas, Turquía tiene cierta influencia entre las principales milicias islamistas en Trípoli, capaces de equilibrar las fuerzas fieles al ex primer ministro, Jalifa al-Ghawil, depuesto por el gobierno de unidad  nacional. Serraj, por lo tanto, ha ido al Cairo para empezar unas negociaciones directas con Haftar. Según Al Ahram, el resultado de la negociación habría llevado  a una mediación regional conducida por Túnez, Argelia y Egipto, con la finalidad de  dirigir el conflicto libio hacia una solución política. En marzo, Serraj tendría que ir a Moscú. Según el Corriere della Sera, tanto París como el Kremlin podrían  contribuir «a hacer más fácil el acuerdo».

"Conexiones suaves" para  Moscú

Moscú  y Roma  parecen  haber  encontrado un acuerdo preliminar. Le Monde señala que en una rueda de prensa a mediados de diciembre el ministro de Asuntos Exteriores, Sergei  Lavrov, manifestó el interés ruso en una intervención en Libia, subrayando que considera las capacidades de Roma  «demasiado débiles como para hacer algo». Sin embargo, Moscú ha manifestado «un apoyo moderado» a Haftar. Según Thomas  Graham, director del Kissinger Associates y miembro del Consejo de seguridad en las administraciones de George  W. Bush, «lo quiera o no», Rusia actúa «en un mundo de conexiones suaves», donde «las políticas en Siria y en Ucrania están inevitablemente interconectadas».
Según la Jamestown Foundation, think tank vinculado a la CIA, Rusia «no atribuye a Libia  el mismo valor estratégico de Siria», ni quiere dejarse arrastrar «al pantano libio», con actores locales, incluido Haftar, considerados «demasiado imprevisibles». Sin embargo, la partida libia puede ser utilizada en la relación de potencia con los Estados Unidos y la UE, donde Roma, a pesar de la crisis ucraniana, ha «buscado siempre buenas relaciones» con el Kremlin.

Petróleo, migrantes y el "suq" libio

Frente a crecientes ambiciones mediterráneas e intereses económicos rusos, según la jamestown Foundatión, la cesión por parte del ENI a Rosneft del 30% del yacimiento egipcio  de gas offshore de Zohr puede interpretarse como «un regalo para Moscú». Involucrar a Moscú en la mediación libia «puede favorecer a Roma», siempre  y  cuando  la  misma  logre  «conservar algún  protagonismo  en los .futuros  acontecimientos  libios»,  sobre  todo  «bloqueando los flujos migratorios, enfrentándose al terrorismo y garantizando la estabilidad de los suministros  energéticos».
La Europa  potencia protectora se ofrece para reclutar a guardianes para vigilar y filtrar una parte de su ejército industrial de reserva en el desierto libio. Al  mismo tiempo, negocia sus propias esferas de influencia. Las burguesías locales olfatean el negocio y presentan la cuenta, a varios niveles: piden subsidios para  la «vigilancia de las fronteras» y los campos de acogida de los migrantes, los milicianos libios se. Ofrecen para  «controlar la inmigración clandestina» y proporcionar «protección a las embajadas».
Los  alcaldes del Fezzan  y de la costa, por donde pasan las rutas de los migrantes, ahora solicitan una participación en la financiación que Roma y la UE tendrían  que hacer afluir a Trípoli. Roma, fiel a la tradición levantina, participa en el suq  libio con  un doble papel: como agente del imperialismo europeo y como imperialismo harapiento, intentando arrancar de la crisis libia y la situación de emergencia de los migrantes, algún  descuento respecto a su reestructuración.

Lotta comunista, febrero de 2017