Reflexiones sobre las organizaciones de izquierda y la izquierda social


En los últimos años se ha ido configurando un orden de relaciones sociales bastante diferente al que ha caracterizado las últimas décadas.



Desde hace unos años hasta la actualidad, dicho orden ha sido bautizado como el nuevo orden mundial. Sus rasgos más importantes son el final de la guerra fría, la caída del muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética y con todo ello, ha saltado en pedazos el reparto y las áreas de influencia que surgieron con los acuerdos de Yalta.
Este nuevo orden mundial se presenta como el triunfo y la victoria de la democracia frente a las sociedades del claroscuro. El nuevo orden es presentado como una página en blanco para la humanidad.

Pero desde la claridad que pretenden transmitir hay algunos hechos que empañan esa transparencia: el desempleo, las desigualdades sociales dentro y fuera de las naciones, el cuestionamiento de la sanidad pública y los derechos de los trabajadores/as, la liquidación del Estado asistencial, el debilitamiento del Estado de derecho y un largo etc. Son algunos aspectos que contrastan enormemente con el nuevo orden que pretenden dignificar.
Más parece un ajuste de cuentas contra los derechos y conquistas conseguidos por la clase obrera tras largos decenios de luchas y que caracterizaron, hasta hace unos años, a las sociedades capitalistas desarrolladas.
Hoy se flexibiliza el mercado de trabajo, se reduce al máximo la asistencia que presta el Estado, se aplican medidas draconianas que contribuyen a la dualización, la exclusión, la pobreza y el esclavismo. Sin embargo, estas medidas se presentan como las únicas posibles, y es aquí donde entran en juego los sindicatos mayoritarios, asumiéndolas; (la socialdemocracia y algo más que la socialdemocracia).

Después de este pequeño preámbulo voy a tratar de hacer un esbozo, unas breves pinceladas de cómo influye en la actual situación la tradición de las viejas organizaciones socialdemócratas y comunistas. Sin más, vayamos al asunto que quiero desgranar.
La sabiduría popular suele decir: “de aquellos polvos, estos barrizales”. En los viejos partidos socialdemócratas y comunistas de Europa se observan con claridad tendencias divergentes pero, a su vez, coincidentes.
Las organizaciones socialdemócratas que han asumido responsabilidades de gobierno prolongadas, durante ese periodo ha coincidido una crisis cíclica del capitalismo (partidos socialdemócratas como el francés, griego, portugués, italiano, español etc.). Han aplicado y aplican políticas neoliberales, similares a las que imponen los partidos conservadores, (reducción de gastos sociales, privatización de  lo público,  reajustes salvajes a los trabajadores, reforzamiento del papel hegemónico de los mercados etc.), negándose a llevar a cabo reformas y políticas sociales de calado. Así pues, sus perfiles son idénticos al mayor conservadurismo.

La aspiración igualitaria ha sido enterrada en nombre de la eficacia, de la rentabilidad, la competitividad y la libertad de mercado. Han pretendido, y pretenden, la muerte de la lucha de clases invocando el “bien común” y el “interés general”; con ello se retorna a las viejas consignas del liberalismo. La solidaridad y la defensa de las capas sociales más oprimidas  han sido liquidadas en aras del “interés general” de la sociedad, afectando a la vez una política de marginación, empobrecimiento e indefensión de un porcentaje importante de la sociedad.
Estas organizaciones parecen abrazar la teoría filosófica evolucionista Spenceriana (Herbert Spencer, filósofo inglés  que impulsó el darwinismo social, 1820-1903). Dicha filosofía arropó la competitividad y el ascenso social de unas capas minoritarias, mucho más preparadas para imponer su ley al resto de los mortales.
Se puede aseverar, sin mucho error, que los partidos socialdemócratas manifiestan claramente una agotamiento de aquél reformismo que maduró antes de la primera confrontación europea y durante el período de entreguerras, y que se afianzó en algunos de los países como terreno de experimentación práctica en la época de expansión posterior a la segunda confrontación (nacionalizaciones, extensión de la seguridad social, cierto grado de planificación etc., lo que se denominó como Estado de Bienestar). Hoy, en dichas organizaciones, y cuando tienen oportunidad de participar o formar gobierno, incluso dicho reformismo desaparece y pasan rápidamente a aplicar  políticas neoliberales tan duras y corrosivas como las que realizan los más conservadores.

En los viejos y tradicionales partidos comunistas se observa una crisis de orientación, a mi juicio grave, y que plantea varias preguntas: ¿Deberían de enrocarse en su campo de influencia, sujetando fuerte su peculiar tradición antisocialdemócrata, en sus símbolos y en sus referencias, que por otro lado y en cuanto a la praxis política coinciden en sustancia con la socialdemocracia?, o por el contrario ¿deberían dejar lo que ellos estiman lastre, con el fin de introducirse en el área de influencia socialdemócrata? Evidentemente, entre estas preguntas son previsibles tanteos intermedios.
Tenemos algún claro ejemplo de estas preguntas. Es el caso del partido comunista portugués, aferrado a su tradición antisocialdemócrata, y el partido comunista italiano, que en síntesis abandonó todo para enfocar su política hacia el electoralismo y tratar de gobernar en Italia, abriendo futuras alianzas con partidos socialdemócratas europeos. En esta línea se coloca el partido comunista español y el PSUC de Catalunya. En la actualidad todos sabemos cómo han quedado estas orientaciones, devoradas políticamente por una socialdemocracia rancia y, a la postre, neoliberal.
Creo que lo que tenemos delante es mucho más que una derechización de los viejos partidos de izquierda, que fruto de ello y a consecuencia de dichas políticas estamos ante un profundo debilitamiento de la conciencia de izquierda en occidente. Esa conciencia que se gestó en el siglo XIX y que dominó en el movimiento obrero europeo. Buena parte de estas ideas-fuerzas, que expresaron una fuente de energía inconmensurable han experimentado un hondo desgaste.

Debido a los acontecimientos surgidos a principios del siglo XX, el movimiento obrero sufrió un duro golpe, ya que se suponía que el proletariado tenía que ser más internacionalista y revolucionario. La actuación chovinista de los proletariados europeos en la primera gran confrontación y el apoyo prestado por parte de nuestra clase a regímenes de corte fascista, como el de Mussolini  o Hitler, restaron credibilidad a esa  concepción del proletariado. Precisamente, el triunfo de la revolución bolchevique sirvió para alimentar nuevas esperanzas en un porvenir socialista. Las derrotas posteriores ante las tentativas de la posguerra y el devenir de la política soviética tras la muerte de Lenin volvieron a enturbiar dichas esperanzas.
Posteriormente y en los años 50, debido a la prosperidad del capitalismo europeo y la consiguiente amortiguación de la lucha de clases en occidente, otra vez se ralentizaron las esperanzas. El mayo francés del 68, el ocaso del Salazarismo y la crisis del Franquismo abrieron nuevas expectativas para la conciencia de la izquierda social y la forja de núcleos obreros mucho más teóricos.
En la línea de la conciencia social, las revoluciones relativamente jóvenes como la china, la cubana o la vietnamita alcanzaron un eco notable en los jóvenes revolucionarios de oriente y occidente. Sin embargo, su rumbo posterior privó a esos procesos del entusiasmo que despertaron.
Los ideales igualitarios y de lucha por una nueva organización de la sociedad se han desgastado sobremanera, y hoy se puede decir  que el movimiento obrero esta escéptico, apático y casi derrotado. Todo ello fruto de unas políticas  que no tienen un proyecto de clase, aunque nos quieran decir y nos repitan que son ellos, desde el parlamento, los que nos representan. Teatro burlesco donde los haya es el “glorioso” parlamento. Todo esto no es tan nuevo, y nuestra clase vivió épocas en las cuales no había ninguna rendija de esperanza. Avanzado el siglo XIX, Proudhon retrataba a su sociedad como una civilización en crisis.
En el interno de la izquierda social se han disipado bastantes creencias que, junto al claro y evidente taponamiento del avance social y su regresión, una capa de escepticismo cubre nuevamente nuestra clase. El escepticismo es un mal compañero; además, es un poderoso agente que anula la voluntad revolucionaria. Así pues, observamos con nitidez que hoy no hay ni pasión ni ideales. Abunda la desmoralización, no se mira al mañana, los valores tradicionales no cotizan en bolsa y pierden terreno, arrasa el individualismo y el lucro personal. Todo esto, nos lleva a la adaptación y subordinación de un mundo altamente jerarquizado. El movimiento obrero ha sido pujante en la Europa contemporánea y algo de gran peso se ha desmoronado cuando se han confrontado realidades y creencias.
Precisamente en el terreno de las creencias, frágil e ingenua era la creencia en el progreso sostenido de la sociedad humana. También la imagen de una clase obrera compacta, internacionalista y revolucionaria, también la esperanza de que a la vuelta de la esquina estaba el socialismo. Frágil era la suposición de que la Unión Soviética posterior a Lenin poseía y personificaba los grandes ideales defendidos por Karl Marx. Además de lo anterior, sería necesario un capítulo aparte para desenredar el ovillo ideológico de la Perestroika y su influencia en los hechos relatados.
Hasta el momento, el actual signo en occidente es un periodo insolente de letargo en las ideas y luchas revolucionarias. Evidentemente, no hay esperanzas ni fuerza organizativa para librar batallas de envergadura. Con esta coyuntura las propuestas de cambio radical de la sociedad, apenas consolidan su presencia y todo ello con grandes dificultades.
Parece ser que son unos tiempos difíciles para el terreno de las ideas revolucionarias, a pesar de que las opciones políticas más visibles están subordinadas a los dictados del mercado. No obstante, esta es una época en la que subterráneamente también se observa una sorda cólera contenida, un profundo malestar por la situación que padecemos, una rabia contenida ante la chulería del capitalismo y sus lacayos, ante su insensibilidad para satisfacer las ansias sociales. ¿Estamos en condiciones de percibir y entender estas corrientes subterráneas? ¿Sabremos conectar con ellas convirtiéndolas en organizadas y revolucionarias? A mi juicio,  saber analizar la difícil cuestión de los tiempos en los que vivimos y las mutaciones que se han producido antes y después de los acuerdos de Yalta es imprescindible para no errar en el rumbo.
En mi opinión, esta puede ser una época para enriquecer y aprender, para redoblar el pensamiento crítico, para estimular la conciencia revolucionaria. Así mismo, debemos desterrar los saltos teóricos e ideológicos superficiales. Superar el pasado de la izquierda sin profundizar en los problemas que ese pasado plantea en la actualidad y dejarse llevar por la corriente, sin analizar colectivamente su repercusiones, estoy convencido que no es la solución idónea.
Todo este trabajo requiere sin ninguna duda valentía, pasión, honestidad, ganas de pelear, dedicar tiempo en analizar minuciosamente los movimientos del capitalismo y un largo etc. El reto es importante. Organizar la vida social de la especie humana colectivamente, sin clases y sin Estado, dar a todos según sus necesidades y pedir a cambio según sus capacidades, desarrollar las fuerzas productivas, en particular la ciencia y sus aplicaciones, mucho más allá de los actuales intercambios entre capital y trabajo asalariado. Difícil, sí, pero se puede hacer. Sin duda, se hará. Pelear por esto, aunque muchos no lo podamos ver, significa ser comunista, significa ser revolucionario, significa ser analítico y marxista. En realidad, significa luchar por una causa justa para la humanidad.