Felipe VI quiere descartar a toda costa la opción de Cartagena

Resulta curioso que los encajes de bolillos políticos realizados y hábilmente calculados por las clases dirigentes, con el “nihil obstat” de la totalidad de los partidos políticos del arco parlamentario, previos a la proclamación del nuevo Borbón, Felipe VI, son similares a los realizados a la muerte del dictador, cumpliendo así su mandato, para la entronización de su “augusto” padre, Juan Carlos de Borbón. Hoy, como ayer, parece ser que Washington y Berlín habrían dado el visto bueno al salvamento del trono con Felipe VI.

Nosotros entendemos que esta operación política de gran calado bien pudiera haber llevado aparejada en el mismo paquete una serie de condiciones. Una de ellas pudiera referirse al inmediato finiquito del presidente del actual Ejecutivo, o bien, esperar a la decisión de las urnas en los próximos comicios municipales de mayo de 2015.  Está por ver.  Esta trama política de gran calado, y que hoy han hecho realidad, busca ganar tiempo y con éste, cierta legitimidad hasta las próximas elecciones locales de mayo de 2015.


La corrupción, el paro, los rescates a la banca, los ataques a los salarios y derechos, los recortes en sanidad y enseñanza. En definitiva, son precisamente los ataques del imperialismo europeo a las clases trabajadoras los que están llevando a la sociedad española a una situación dramática. Precisamente, la inacción del PP y PSOE, con el silencio cómplice del resto de partidos del arco parlamentario, han hecho que los resultados de las pasadas elecciones al Parlamento Europeo se llevaran por delante el bipartidismo, el Rey, e incluso la actual institución monárquica, hoy regentada por Felipe VI, pudiera estar viéndose supeditada a una especie de “espada de Damocles”.  Esto último, no estaría bien visto por Alemania y EE.UU. Una profunda desestabilización política en el sur de Europa podría, por simpatía, alcanzar a más países del área mediterránea de la UE.

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Para la gran burguesía, una de las ventajas para el éxito de esta operación política ha sido su lanzamiento por sorpresa. Desde algunas fuerzas políticas esto es visto como la segunda transición: una operación en la cual participa la banca, las grandes empresas, PP, PSOE, las empresas mediáticas y los dos grandes sindicatos “mayoritarios” (por cierto, cada vez menos grandes). Todos ellos, juntos y revueltos, conjurados en mantener una monarquía obsoleta, antidemocrática y corrupta.

Este régimen, heredero del franquismo, ante la debacle electoral del bipartidismo y la ruptura del status quo de 1978, ya no es capaz de sujetarse a sí mismo ni con clavos e inicia una huída hacia delante poniendo en marcha la “segunda transición”, que como en la primera, tratan de ningunear otra vez más a las clases trabajadoras.

Sin duda alguna, estamos ante una operación de abdicación y entronización que ya llevaba tiempo fraguándose en la sombra. Una operación de maquillaje o cambio de envoltorio para reforzarse políticamente ante las próximas reformas que faltan por venir. Ante semejante operación política, surgen varias preguntas:

¿Qué pasa con Rajoy?  ¿Tiene fecha de caducidad o será confirmado con esta operación?
¿Qué papel cumplirá o debería cumplir IU, Podemos, etc.?
¿Hasta dónde están dispuestos a empujar?
¿Hay preparada otra alternativa o “plan B”?
Si es así ¿quién la lidera o la impulsa?

Todas estas preguntas, y más, necesitan ser analizadas y tratar de entender qué beneficios saca con ello nuestra clase. En esta línea ¿qué ha significado la monarquía parlamentaria durante todo este periodo?: una carrera demagógica, un mercado de prebendas y favores, una corrupción sin límites, un provincialismo ignorante del mundo, sin un ápice de visión, que ha terminado en una farsa desquiciada. Detenerse en este teatro de vanidades es una pérdida de tiempo.

Para nosotros los trabajadores y trabajadoras, dejarse embaucar por las ilusiones monárquico-parlamentarias significa ni más ni menos que pagar dos veces. Para nosotros hay otro norte, hay otra política, pero no es la de su demagogia. Contra sus guerras imperialistas hacen falta batallas internacionalistas. Contra la crisis y la reestructuración despiadada que sufrimos, una defensa clara y contundente de clase. Una lucha decidida y sin mitos es la solución. Junto a ello, también hace falta constancia, análisis, reflexión y, por supuesto, conciencia revolucionaria.